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jueves, 6 de octubre de 2011

La joya más preciosa


Versión literaria de un cuento de Las mil y una noches




Cierto  mandadero estaba un día en el mercado cuando fue llamado por una joven,  bellísima y suntuosamente vestida, para que recogiera sus compras y la acompañara hasta su casa.

Cargado de todo tipo de  comestibles, golosinas y licores llegó con la  dama a un palacio de mármol en el que todo era lujo y esplendor. Allí vivían otras dos jóvenes tan hermosas como la primera.
Tras recibirle las compras y darle  unas monedas le indicaron que se marchara. Pero él, joven, fuerte y soltero, ni siquiera se movió, pues estaba encantado ante tanta belleza y perfección juntas. Lo único que le extrañaba era no ver un hombre en la casa.
–¿Por qué no te marchas? ¿Acaso te parece poco el dinero que te dimos? –preguntó la mayor de las hermanas,  ordenando le doblaran la paga.
–¡Por Alá, señoras, que la paga es excelente! –replicó el mandadero–. Lo que sucede es que mi corazón está deslumbrado  con vosotras. Y me intriga ver cómo seres tan hermosos pueden vivir sin la presencia de un hombre. La felicidad de las mujeres nunca será completa sin un hombre en casa. Y yo, por supuesto, quiero ser ese hombre. Prometo, por mi vida y mi honra, guardar  el secreto de lo que aquí suceda para bien  de los cuatro.
Una de las jóvenes respondió:
–Sin duda ignoras que somos vírgenes. Por eso no podemos fiarnos de nadie.
El mandadero insistió:
–¡Os juro, señoras mías, que soy hombre serio  y leal!
Las mujeres parecieron tranquilizarse y al final una de ellas propuso  que le permitieran  quedarse, ya que, según parecía, no iba a causarles ningún problema.
El mandadero agradeció la deferencia y las mujeres prepararon un  lugar junto al estanque, colocando allí  todo cuanto pudieran  necesitar para una animada  reunión, incluidas varias botellas de vino y altas copas doradas.
Servido el  rojo licor, el galán alzó su copa y se acercó a la mayor, diciéndole:
–¡Señora, créeme que soy tu esclavo y tu adorador!
–Bebe, buen amigo –contestó ella–.  ¡Y que la bebida te alegre y te mejore  la salud!
Después  de beber un rato las hermanas comenzaron  a cantar, a danzar y a jugar, lanzándose flores. Mientras tanto, el mandadero las besaba y abrazaba simulando naturalidad e inocencia. Las tres disfrutaban con ello. Una le dirigía chanzas amables, otra  lo atraía  y lo apartaba de sí y la última le golpeaba la cara con flores.
Cuando el vino y los juegos se les subieron a la cabeza, una  de las hermanas se desnudó  y de un salto se echó al estanque, donde comenzó a chapucear graciosamente. Cansada de jugar  salió después y acercándose al hombre dijo, señalando su lindo montecillo  de Venus:
–¿Sabes cómo se llama esto?
–Casa de la misericordia –contestó el hombre.
–¡Ignorante! –replicó ella, dándole golpecitos cordiales.
–Vulva.
–No.
–Cosita rica.
–No.
–Escondite del niño baboso.
–No.
–Dime, pues, cómo se llama ese lindo y sedoso tesoro.
– Albahaca de los puentes –explicó ella.
El mandadero exclamó entonces, acariciando suavemente el prodigio.
–¡Que Alá te guarde, oh  divina albahaca  de los puentes!
Luego  de una nueva ronda de copas se desnudó la segunda de las hermanas, se metió al estanque e hizo lo mismo que la anterior. Después salió, se sentó en las piernas del hombre y, señalando lo suyo, le preguntó:
–¿Cómo se llama esto,  luz de mis ojos?
–¿Agujero?
–¡Qué ordinariez! –protestó ella.
–¿Puerta del paraíso?
–Errado.
–¿Pozo del placer?
–No.
–¿Premio del buscón  solitario?
–Mucho menos.
–Pues entonces no sé. Dímelo tú.
Y ella contestó:
–Sésamo descortezado.
–¡Que Alá te lo bendiga, querida mía!
La tercera de las hermanas repitió las acciones de  las anteriores y después fue a tenderse junto al hombre.
–¿Qué es esto? –preguntó.
–El estornino mudo –dijo el mandadero.
–No.
–El conejo sin orejas.
–No.
–La cueva rosada.
–No.
–La fuente de todas las dádivas.
–No.
–El refugio del triste y  del solitario.
–No.
–Me rindo. Dímelo tú.
–La posada de Aby Mansur –reveló  ella.
Entonces el hombre se desnudó también y se metió en el estanque, lavándose y restregándose con esmero todo el cuerpo. Después salió y, señalando el pene crecido y pujante, preguntó:
–¿Saben, oh señoras mías, el nombre de esta espléndida  cosota?
Echándose a reír, divertidísimas, las tres dijeron distintos nombres. Pero el pillo los rechazaba  todos,  mientras ellas,  ya suficientemente estimuladas, lo mordisqueaban,  besaban y exploraban por todas partes.
–Despertador de la alegría –insistió una.
–Bocado que nunca  sacia  –añadió otra.
–Pan  de las hambrientas  –concluyó la  última.
Negando con la cabeza, el mandadero las besaba y abrazaba mientras  las jóvenes continuaban  riendo a carcajadas. Al fin, una de ellas le exigió:
–Por Alá, dinos de una  buena vez cómo se llama tan soberbio y deseado portento.
Él  explicó entonces:
–Señoras mías: más importante que decirles el nombre de esta prenda que Natura me ha dado en buena hora para contentamiento y satisfacción  de damas tan exquisitas como vosotras,  resulta  explicarles qué es. ¿Y qué es, en efecto? Pues muy sencillo: es el macho poderoso que se come  la albahaca  de los puentes, se deleita saboreando el sésamo descortezado y se alberga en la posada de Aby Mansur. ¡Así que preparaos a homenajearlo como se merece, señoras mías!
Cabe colegir que la sonrisa de las tres hermanas anunció en ese instante todas las sudorosas y extenuantes generosidades del harén.



lunes, 26 de septiembre de 2011

Muestra de obra narrativa





El elefante invisible


Copo de Nieve, el elefante, estaba muy preocupado desde hacía varios días porque había notado que nadie le prestaba la menor atención.
"Es muy raro”, pensaba, “que siendo yo el animal más grande del reino, pase inadvertido en todas partes, sin que nadie, ni siquiera los seres más pequeños y miserables, parezcan darse cuenta de mi existencia. ¿Qué diablos será lo que sucede?".
Su paso, sordo y fuerte, estremecía la tierra. Pero nadie, en efecto, se alteraba. Todos los animales seguían tranquilamente en lo suyo, como si en vez de un ser tan grande y monumental pasara un simple e insignificante ratoncillo.
Una vez, mientras descansaba nerviosamente, observando a los demás animales que lo ignoraban, escuchó que un mono le decía a un sapo:
–Mira, ¡una hormiguita roja!
–Va cargada de comida.
–¿En dónde tendrá la casa?
–Debe estar cerca. Sigámosla a ver.
"¡Una hormiga roja!", pensó Copo de Nieve. "¡Los muy idiotas detectan una mísera hormiga y en cambio a mí no me ven! ¿Habrase visto semejante anormalidad?".
Cada vez más perturbado, se preguntó si toda esa indiferencia no se debería, quizás, a falta de una mayor actividad de su parte, pues mientras él se movía lenta y pausadamente los demás animales corrían a toda hora, diligentes, impacientes, como si tuvieran mucho qué hacer y corrieran el riesgo de que el tiempo se les acabara antes de realizar sus importantes faenas.
"Haré como ellos", decidió, y echó a correr desaforadamente por todas partes, sin rumbo fijo, de aquí para allá y de allá para acá. Todo empezó a temblar y a crujir con estruendo inaudito.
"Esto les demostrará a todos que sí existo y tendrán que prestarme la atención que merezco", meditó.
Hecho terremoto y huracán recorrió el reino, amenazando con derribarlo todo. Sin embargo, los animales persistían en su indiferencia. Todos sufrían los efectos de la carrera, pero nadie lo mencionaba siquiera ni hacía el menor gesto reconocedor o identificador.
"¡Demonios!", se dijo entonces Copo de Nieve. "Esto se pone cada vez más extraño e incomprensible. A fe que no entiendo qué es lo que les pasa a estos idiotas. O lo que me pasa a mí".
Sin parar de correr ni de meditar, se le ocurrió, de pronto, la idea de que, tal vez por alguna extraña o mágica circunstancia, se hubiera vuelto invisible. Para salir de dudas, enrutó su carrera hacia un río y se detuvo ante el caudal móvil y espejeante. Por supuesto, era un elefante de verdad, normal, con su gran mole reluciente, su trompa descomunal y sus colmillos curvos, blanquísimos y enormes.
Al corroborarlo, barritó estrepitosamente. El aire retembló, como si un gran cristal fuera a romperse. Pero ningún animal dio signos de alarma. Todos siguieron en lo suyo. Imperturbables. Inconmovibles.
Dejando de barritar y de mirarse en el ondeante y fugitivo espejo del río, Copo de Nieve tomó entonces una decisión trascendental: iría a Palacio a descifrar el misterio.
Al llegar dijo que quería entrevistarse con el rey. Pero nadie lo vio ni le respondió. Insistió varias veces sin resultados. Después barritó, lleno de cólera, y las torres y columnas del edificio gubernamental vibraron a punto de irse a tierra.
Sin embargo, adentro y afuera, todo el mundo siguió apaciblemente su rutina de costumbre.
–¡Tendrán que reconocerme algún día! –bramó el elefante y, alejándose un poco, se echó frente a Palacio a esperar que saliera el rey.
Mientras esperaba, ignorado de todos, vio que pasaban unos monos legisladores, comentando entre sí con animación:
–¡El elefante no existe!
–¡Qué va a existir!
–Es mera fábula.
Al oír eso, Copo de Nieve movió enérgica y afirmativamente su trompa, exclamando:
–¡Yo sí existo, imbéciles! ¡Aquí estoy! ¡Mírenme y escúchenme!
Cuando horas después salió el rey, rodeado de guardias y ministros reverentes, el elefante se le acercó.
–Hola, Majestad –saludó.
El monarca movió la cabeza, pareció sorprenderse y, después, se hizo el desentendido.
–Hola, Majestad –repitió el elefante–. Soy yo, reconózcame, por favor. Dígame que soy real, visible. ¡Dígame que existo!
Pero, como si no lo viera ni lo escuchara, el rey dijo, respondiéndole a alguien que acababa de comentar, medio en serio y medio en broma, que le parecía haber visto un elefante por ahí:
–¡Tonterías! ¡El elefante no existe!
Sólo cuatro años después, desaparecido el rey, el pobre Copo de Nieve tuvo, finalmente, la satisfacción de que todos volvieran a sentirlo, verlo, oírlo y reconocerlo.
Fue entonces cuando comprendió, con no poco asombro, que, por su tamaño, había sido convertido en símbolo viviente de la corrupción del monarca y que en el reino, por una razón de tal naturaleza, hasta los elefantes pueden, un día cualquiera, ser borrados de la faz de la Tierra.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Sueño de Navidad




Nacido en plena selva, hijo de madre secuestrada, el pequeño Emmanuel conocía árboles, ríos, arroyos, senderos estrechos entre la espesa vegetación,  una bola roja llamada Sol, que iluminaba los días, y otra, pálida y melancólica, llamada Luna, que algunas noches filtraba  su resplandor por entre los ramajes. También conocía los pájaros, las ardillas, los conejos, las mariposas que bailaban entre las flores  y hasta las serpientes que se deslizaban como relámpagos zigzagueantes por entre la manigua.

Los sonidos de la selva eran amables en ocasiones, sobre todo el canto de las aves, música que volaba. Escucharlas lo hacía sonreír. Pero no todos los sonidos eran  gratos y alegraban el oído. Con frecuencia unos pájaros gigantes aparecían  en el cielo,  muy arriba de  las altas copas de los árboles, vomitando  fuego y haciendo temblar el mundo. Los señores armados con los que vivía y otros más, flacos, pálidos, tristes y encadenados, salían huyendo, mientras mamá Clara lo llevaba en los brazos, tropezando, cayendo, levantándose y llorando.  ¡Fuego, fuego, fuego! ¡Huir, huir, huir! Él no sabía  qué era huir pero huía. Desde siempre había huido con todos los demás. Y al huir sentía  mucho miedo, mucho temblor de miedo, sin saber qué era miedo. Cantaban los pájaros,  retozaban las mariposas, silbaba el viento, caballito invisible agitando  ramas verdes y floridas. Y, de pronto, otra vez, una y otra vez, cuando menos se esperaba, ¡bam! ¡bum! ¡bam! Los pajarracos  lanzando  candela y  tumbándolo y quemándolo todo. Atrás el incendio. Adelante el miedo.  Huir, huir, huir desesperadamente y sin saber adónde. 

La madre miraba con lástima a los encadenados, que tropezaban y caían más que los otros huyentes, y algunas  veces hablaba de  Ingrid, su amiga del alma, que también huía en alguna otra parte de la selva, triste, tristísima, flaca, flaquísima y con el pelo tan largo que más parecía una seca planta sufriente con un par de raíces andantes.

Emmanuel  no sabía  nada de nada, pero  una vez había visto  en un  vidrio luminoso un montón de casas y edificios con calles y avenidas y carros y más carros y gente y más gente circulando por todas partes. Todo le pareció muy bonito y desde  entonces sintió deseos de estar  allí, entre esa gente que no tenía que huir por la selva  bajo el fuego de los pájaros enemigos y que parecía vivir  tranquila porque entre ella  no había, como a su lado,  tristes encadenados callando, suspirando o llorando  a todas horas.

Una noche, mientras  huía en brazos de mamá  Clara se durmió y pronto  empezó a soñar, sin saber que soñaba, que el señor anciano  de  cachucha y  toalla al hombro llamado don Manuel, que a veces lo cargaba y le acariciaba la cabeza como  un abuelo,  decía que  ahora sí  iba a  firmar un acuerdo  para liberar a todos los encadenados y para  hacer la paz,  porque después de tanto pelear ya bastaba y él y  sus “muchachos” necesitaban descansar siquiera una   vez antes de poder morirse en la cama limpia de una  casa segura.  Sin embargo, advertía que para lograrlo el señor  bravo, gritón e insultador de la ciudad debía poner también algo de su parte y entender que la paz se firma en la guerra, negociando con los enemigos.

Y mientras Clara seguía huyendo, cayendo, tropezando, levantándose y la tempestad de  fuego y plomo  no amainaba en  la selva,  el niño soñó también que el señor de la ciudad, ablandado en su  áspero corazón amamantado por la bestia de la soberbia, decía que ahora sí firmaría porque él también estaba cansado  de la guerra y de la muerte.

Hubo una pausa en el  sueño  motivada por el monótono zumbar de los zancudos en las orejas y por el dolor de sus lancetas en la cara y después  el pequeño, cargado ya no por  mamá Clara sino por el mismo don Manuel, volvió a dormirse y a soñar y entonces vio que el anciano, sin dejar de cargarlo, entraba en la  ciudad con toda su gente y todos los secuestrados, ya no tristes sino libres y sonrientes, y entre ellos por fin conoció a Ingrid,  la amiga de mamá, quien le dio un  beso  largo, largo y lo acarició tanto,  tanto y le dijo tantas, tantas cosas dulces,  dulcísimas que sin entenderlas lo pusieron a reír como nunca había  reído en su vida apenas  estrenada.

Al llegar a un  lugar muy grande lleno de trapos de colores  que se movían con el viento,  don Manuel lo alzó contra la luz del sol y la mirada de  asombro agradecido de todos y exclamó con voz emocionada: 

–Yo vengo de la guerra a traerles la paz y este  niño es  la semilla del futuro.

Pero lo que más le gustó a Emmanuel fue cuando todos los secuestrados, abrazados con amigos y enemigos,  gritaron a una  sola voz algo que, sin entenderlo,  le sonaba  como música y le sabía como miel:

–¡Paz para todos! ¡Paz para  siempre! ¡Libertad, libertad, libertad!

Cuando al fin el pequeño soñador  despertó el sueño se había hecho realidad y  por todas partes reinaba la Navidad.
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